
Ella me dijo, con el poco talento que posee para no caerse de la silla después de haber tomado mas de 5 cervezas, que la música era alegría, y que amaba ( al igual que yo) el pecho sobre el pasto tibio y el sol calentando su espalda.
Ella me gritó, que no regresaría en lo que le quedara de vida y me dio permiso para escribir sobre ella, siempre y cuando no diga su nombre verdadero, ese que me menciona alteradamente cada vez que, por costumbre, la llamo por el falso.
Ella me susurró, tratando de ordenar con los dedos su cabello sucio, producto del humo y el sudor producido por el baile de la noche anterior, que el abismo tenia nombre y llevaba su apellido, “el verdadero “Natalia” el verdadero, te lo digo solo a ti, que sabes tanto como yo de verdades, a ti, que me conoces tanto, tanto como te conozco yo”.
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